El esfuerzo por el trabajo no fue esperadamente remunerado. Estaba acostado, aplastado, olvidado. La caricia de la añoranza me golpeó tan fuerte que creí que era verdad que estabas ahí, hasta que tu ausencia me despertó y me recordó una vez más, como hace cada día, que ya no estás. Que te fuiste, que nunca estuviste. Que quizá nunca estarás.
Entonces, aún acostado en mi cama, en la oscuridad pienso. Me pregunto con quién almorzaba y charlaba. A quién escuchaba quejarse. A quién esperaba. Quién esperaba nunca vino. Reconocerlo es lo más difícil.
Y me dejaste hoy esta maldita sonrisa que no sé cómo ocultar. Y me dejaste esta confianza bipolar que solo sale cuando menos la necesito. Dejaste muchas cosas, pero solo son un cúmulo de defectos que no sé cómo ocultar.