Ese no era yo. Llegaba temprano, me iba tarde. Siempre era atento, el segundo plato. No era el alma de las fiestas, hablaba mucho, pero no era interesante de escuchar.
Yo la quise, pero ella no a mí. Siempre estuve ahí, pero nunca abrió el sobre. Corazón quedó en su empaque, como muestra de un cariño no correspondido, premonición de futuras reiteraciones.
Pardo siguió siendo el oso menos querido, el que nadie elige, el último para todos. El ingeniero sin sentimientos, mecánico y robótico. Pero este ingeniero siente, ve y escucha. No es suficiente, pero se esfuerza por serlo.