Jeremías no habla si no hay alguien más presente. Incluso cuando hay alguien, es muy selectivo. Es como el alma de la fiesta, pero no llega ni a animador malpagado. A veces le digo que me deje hablar, que tengo cosas que decir, que quiero que la gente me escuche y me entienda. Él solo responde: “Cállate, tú no eres interesante”.
En ocasiones me deja opinar sobre el asunto, pero en respuesta recibo lo que tantas veces me ha dicho: que mi opinión no importa. Con el tiempo, aprendí a dejarlo hablar, a dejar que se extendiera. Yo simplemente me quedaba detrás, observándolo, intentando aprender de su forma de ser, de hablar, de expresarse con los demás.
Tarde entendí que incluso él es relegado a puestos inmerecidos. Aunque en su mente es el primero, el importante, el que todo el mundo voltea a ver cuando hace algo, tristemente para mí, cuando quedo solo, me toca recordar cada momento en el que él, intentando dar significado a su existencia, es ignorado. Es al que le dices que sostenga tus cosas, a ver si sirve para algo.
Entonces, ¿qué hago en ese caso? En el manual que me dieron no decía qué hacer si nadie asistía a la obra de tu vida. ¿Debería entonces actuar como si no fuese así? Esto no tiene sentido. Si solo nos tenemos a nosotros dos y ambos sabemos la obra a la perfección, ¿para qué actuarla? Quizá yo no la sé a la perfección y solo estoy esperando que alguien venga a verla.