Lágrimas de Siddartha
Para hallar partes de mí
En la caminadora, a los casi dos kilómetros de no haberme movido un ápice, encontré la respuesta. O mejor dicho, donde hallarla. Descubrí que no había solo un lugar, que eran cientos, miles de sitios donde hallarme, en las nubes, en las fresas, en las hojas cayendo por la brisa. En una arepa asada con queso rayado, mantequilla y jugo de guayaba del que no alcanza a sentarse porque te lo tomas muy rápido. En un señor con camisa, tomando café y leyendo el periódico, gritando “mija, hallaron otro muerto por allá por donde vive la amiga tuya, la gorda”.
Me hallo también en el cuero, en los edificios, en todos los colores que el humano puede percibir. Hallo partecitas de mí en el transporte público, en caminar por las calles de Barranquilla cuando el sol ya cansado se agacha para decirme que cuidao con ese hombre que viene ahí, que a lo mejó’ e’ un malandro, que me anda mirando mucho la muñeca.
Empiezo a verme en las pastas con queso, en el cartón ilustrado, lógico y reluciente. En decir “te quiero” sin esperar una respuesta a cambio distinta de unos ojos volteados que con voz me dicen “ya lo sé”.
Hallo frames de mis añoranzas en las vivencias de Juan, las trampas de Yoel, los gritos de Mario. En un “illo!” Bien tirao’, un “no me jodas, tío”, un “seeeguuuro” bien incrédulo.
Me veo cuando veo mis converse, mis camisas manga larga, mis libros, el buda en mi mesita de noche. No me veo en tus ojos, pero me hallo en el reflejo de ellos.