Lágrimas de Siddartha
Escribo para quien no me quiere leer
Mientras me alistaba, me miré en el reflejo de la cuchara y me vi perfectamente. Era yo: deformado, trastornado, burlado, humillado. Era yo en mi máxima expresión, visto por mí mismo a través de un artefacto que reflejaba a la perfección lo más profundo de mi ser, solitario y olvidado.
Olvidé cuánto tiempo llevo intentando mover esta roca sin logro alguno. Me pregunto por qué. Siendo que por años me he entrenado para ello. He llorado, rabiado, me he dejado las pestañas y las uñas en medio del sol más bravo y la lluvia más intensa, solo para mover esta maldita roca que lo único que sabe hacer es volverse más pesada.
Por momentos le arranco partes y se vuelve más ligera. Logro empujarla unos cuantos centímetros, pero una débil brisa la devuelve a su sitio inicial, dejándome a mí con menos energías, más frustrado y viejo. Cada vez con menos tiempo.
Buscando lavar mis ensangrentadas manos, me embobé con la belleza de un líquido transparente que daba una caricia a mi alma. Pronto se tornó de piel brillante. Era mi palma mojada. Nuevamente era solo yo. Huyó de mí por qué me empeñé en admirar su belleza sin ofrecerle nada a cambio.