En las luces de colores

El mono y la peonía

El mono, perdido y deprimido, protegía a capa y espada la hermosa peonía que, días antes, su corazón, entre dudas y decepciones, se había topado.

Mientras intentaba cruzar un río por tercera vez, el simio, sin percatarse de su incapacidad para nadar, fue arrastrado por la corriente y dejado casi a punto de ahogarse unos cuantos metros más adelante y del mismo lado en el que había comenzado. Allá, donde el antropoide escupía agua y se debilitaba, crecía desde hacía ya varios días la más hermosa de las peonías.

Originaria de China y Japón, estricta y recta se encontraba una flor que cautivaría al macaco y le daría una razón para dejar de ir a cualquier lado sin motivo alguno, proponiéndole una nueva vida, donde, estando en el mismo sitio, poniendo cuidado y atención a la bella planta, enriquecería en grande su malgastado órgano motor.

El mono, cansado de andar en círculos, sin saber de dónde venía y, mucho menos, hacia dónde iba, destinó todos sus esfuerzos al cuidado de esta hermosa flor. No es que la necesitara, la peonía por sí sola desprendía una independencia admirable, pero él tomó esto como un bien para sí mismo, además de una oportunidad para estar cerca de semejante belleza. De aquí para allá, sin ningún lugar al que pertenecer, decidió quedarse cerca de una presencia que, ante sus ojos marrones, era lo más único y auténtico que jamás había visto.

Durante mucho tiempo, el mono preparó todo de sí para el bienestar de la planta. Al comienzo, no sabía nada sobre ella: que necesitaba agua para subsistir, pero tampoco tanta, que había plagas y hongos que podían matarla, o que el calor, tan placentero para el mono, era perjudicial para la flor.

Básicamente, el método de cuidado del animal era la observación. Los primeros días de lluvia, él simplemente se limitaba a resguardarse bajo algunas hojas que se había preparado cerca de la flor y veía cómo le caía el agua. Tras unos días, empezó a notar que algunas hojas habían perdido el hermoso verde brillante que tanto le había cautivado. No había hecho nada para que esto sucediese, así que, astuto y preocupado, aseguró como causa de esto a la lluvia.

La próxima vez que llovió, tenía preparado otro resguardo que había hecho con hojas y ramas, y apenas comenzaron a caer las primeras gotas, se encargó de poner sobre la peonía el manto artesanal que la cuidaría de la podredumbre, no sin antes tener que quedarse de pie y sostener el manto con una mano, mientras con la otra intentaba taparse de la lluvia que se intensificaba. Cuando él usaba las hojas para protegerse, estas podían caer sobre su cuerpo y nada pasaría, pero la peonía podría ser aplastada por su nueva capa, y esto era algo que el mono sabía. Durante los siguientes días, la flor volvió al hermoso estado inicial en el que había sido hallada.

En esos mismos días, en que la lluvia era el pan de cada día, la flor presentaba diversas plagas y enfermedades fúngicas que afectaban su biología y, lo más importante para el mono, su estética. Ante la nueva presencia de hojas grises y pétalos marchitados, el animal se mostró reacio, por lo que, sin pensarlo mucho, quitaba cuanta imperfección podía para dejarla tan bien como él quería.

Pasó el tiempo, y el mono se había vuelto un experto en el cuidado de su amada. Había aprendido cómo cuidarla en tiempos de lluvia y en tiempos de sequía. Sabía qué hojas remover, cada cuánto echarle agua, y hasta había removido algunas ramas de árboles cercanos para que, durante los días, el sol le diera lo mejor posible.

Con el pasar de los años, el animal envejeció y murió. La planta, que incluso antes de la llegada del mono ya sabía sobrevivir a las adversidades de la vida, siguió floreciendo, aunque ya no hubiese quien removiera sus hojas muertas ni la regara cuando no había lluvia.