A las 2:47 de la madrugada, un fuerte golpe se estrelló contra la puerta principal. Decidí ignorarlo, pues tras tres días sin conciliar el sueño, por fin parecía que estaba a punto de tocarlo, pero no terminó siendo más que un roce.
El estruendo sin ritmo seguía fracturando mis intentos de dormir, así que decidí, de mal humor, levantarme para revisar de qué se trataba. Desde mi cuarto no se podía escuchar el gemido que luego cerca de la puerta herida distinguiría. Era un débil y mediocre intento de “ayuda” y “por favor”, así que decidí abrir la puerta de inmediato. Al otro lado, yacía un joven cuya característica más notable era la gran cantidad de pulseras en su mano derecha. Me pareció raro que me haya enfocado tanto en las pulseras y no en el hecho de que se hallaba casi tirado en el suelo, a duras penas pudiendo mirar hacia arriba y con la mano derecha dispuesta hacia mí.
—Ayúdame, por favor —imploró el joven, con muchas pulseras en la mano.
Permitiéndole entrar a la casa, me contó que alguien lo habia estado persiguiendo durante casi una hora y que, de no ser porque decidí atender a su llamado, probablemente el hombre lo habría alcanzado. No sabía con certeza si dicho hombre lo quería capturar, asesinar o robar. El joven con muchas pulseras simplemente huyó.
Le permití un asiento y fui a la cocina a traerle un vaso con agua para que se calmara. De regreso, noté que el joven se había quitado los zapatos y desabrochado la camisa blanca, por partes manchada. Recibió agradecido el vaso con agua y lo sostuvo con ambas manos mientras bebía, dejando ver de cerca las tantas pulseras que tenía. Una vez calmado, se dispuso a contar lo sucedido.
A punto de ganarme un premio por la semejante actuación que hice durante toda la historia, mostrándome intrigado e interesado y para nada con ganas de irme a la cama a ver si conciliaba el sueño de una vez por todas, agradecí haberme levantado de la cama para ayudarlo y de esa manera salvarlo del horrible destino que le deparaba. Miré hacia la ventana por tres segundos y volteando al reloj de pared que se encontraba cerca, me percaté de que ya eran las 3:45, por lo que inmediatamente, levantándome con las pocas fuerzas que me quedaban, expresé mi necesidad de regresar a la cama, despidiendo al joven que tenía muchas pulseras.
En algún momento del emocionante relato, el joven se había terminado de quitar la camisa y, doblándola de una manera tan sutil y cuidadosa, hacia creer que estaba recien lavada, aún cuando por partes se encontraba sucia por el ajetreo. Le aconsejé vestirse de nuevo, pero no me hizo caso y me pidió otro vaso con agua, al parecer su discurso lo habia dejado sediento.
Apurado por liberar al joven, tomé el primer vaso que vi en la cocina. Abriendo la nevera y tomando la jarra con el agua, sentí un pinchazo en la parte baja de la espalda. No lo suficientemente fuerte como para pensar que era un golpe, pero lo bastante sensible como para saber que algo andaba mal. Intenté voltearme para ver qué sucedía, pero un mareo repentino hizo que cayera, soltando la jarra y derramando el agua por todo el piso. Comencé a ver borroso y me sentía mucho más débil. Lo ultimo que vi antes de perder el conocimiento fue un cuchillo que jamás habia visto en mi cocina, sostenido por una mano que, sorprendentemente, llevaba muchas pulseras.
Desperté a las 8:12 de la mañana con un ligero dolor de cabeza. Fui a la cocina para prepararme un café y comenzar el día. Después de tres días de insomnio finalmente habia logrado conciliar el sueño.